AROA ALARCÓN

PSICÓLOGA especializada en formación

Actualmente se dedica a la atención especializada a familias donde se trabaja la atención a la regulación emocional, técnicas de manejo de la conducta infantil, parentalidad positiva y desarrollo del vínculo.


“Los chicos que participan en este tipo de experiencias desarrollan su creatividad, aumentan su autoestima y mejoran su capacidad para la resolución de problemas.”

A estas alturas ya nadie duda de la importancia de aprender un idioma, principalmente el inglés. Su introducción es cada vez más temprana y los padres nos sentimos orgullosos al oír a nuestro pequeño decirnos “Hello, how are you?”.

Más allá de esto, los beneficios para el cerebro de nuestros niños es innegable: mejor plasticidad cerebral gracias al establecimiento de nuevas conexiones neuronales, mejor memoria y un mayor desarrollo de sus capacidades cognitivas (atención y concentración principalmente). Además cabe destacar también su importancia a nivel social y en la adquisición de habilidades como la autoestima: aprender otro idioma les dota de autoeficacia, les aporta recursos para las relaciones sociales y sobre todo les permite ver de otra manera el mundo y es que aprender un idioma también es aprender otra cultura y otros valores, en definitiva, les enseña a ser más tolerantes y empáticos.

Los miedos no aparecen aquí, lo hacen más adelante, cuando surge la posibilidad de enviar a uno de nuestros niños a realizar un curso en otro país. La incertidumbre por lo que puedan encontrarse y el temor por lo que les pueda pasar son las dudas más habituales a las que nos enfrentamos como padres. ¿Cómo actuar en estos casos, qué hacer ante esta posibilidad? Son las preguntas que se repiten con más frecuencia.

Antes de tomar cualquier decisión es importante que como padres trabajemos nuestros propios miedos. Crianza y temor suelen ir de la mano y la duda siempre está en dónde acaba la protección y comienza la sobreprotección. Cuando son muy pequeños el miedo cumple una función casi biológica, de protección, pero según van creciendo nuestros hijos van resolviendo por sí mismos los conflictos y problemas que se le presentan sin mayor problema.

Si aquí no permitimos su desarrollo y evolución limitándoles por miedo a que se equivoquen y resulten lastimados les estaremos dando mensa jes equivocados: “no sirvo, siempre me equivoco, menos mal que están aquí mis padres para salvarme” (problemas de autoestima); “el mundo es un lugar peligroso del que necesito que me protejan porque no me puedo fiar” (dar poder al miedo, a las fobias); “los demás, sobre todo mis padres, tienen la obligación de facilitarme la vida” (hijos tiranos, con escasa tolerancia a la frustración). Y todo esto cumple una única función: el impedirles hacer algo por mis miedos sólo me da respuesta a mí como padre, a mí tranquilidad. A ellos les negamos con esto la experiencia de crecer a su ritmo.

El ejercicio es difícil y arduo: enterrar nuestras inseguridades para permitirles crecer, que desarrollen sus propias estrategias y experimenten las consecuencias de sus decisiones es necesario para tener niños resilientes con capacidad para enfrentarse a las adversidades y salir fortalecidos de ellas.

Para los chicos que se enfrentan a esta aventura de pasar un año lejos de su familia tampoco será fácil. También tendrán dudas y miedos porque deberán enfrentarse a situaciones nuevas y desconocidas.

 

El objetivo es aprender otro idioma pero también supone una experiencia vital trascendental en sus vidas: conocerán otra cultura, otra forma de ver y vivir las cosas, otras visiones del mundo que les rodea. Todo esto enriquecerá su espíritu crítico y llenará la cajita de herramientas que todos necesitamos para enfrentarnos y afrontar la vida. En general los chicos que participan en este tipo de experiencias desarrollan más recursos personales: desarrollan su creatividad gracias a la inmersión cultural y al descubrimiento de nuevas perspectivas; son más seguros, aumentan su confianza en los demás; mejoran su capacidad para la resolución de proble mas y conflictos entendiendo que una misma cosa puede tener múltiples significados; abren su mente predisponiéndoles a probar nuevas experiencias y a disipar sus miedos; les permite aumentar su paciencia y su capacidad para gestionar la frustración; aumentan su autoestima desarrollando su alegría, su madurez y su curiosidad.

En definitiva, separarnos de nuestros hijos durante todo un curso escolar es una experiencia que puede resultarnos dura. Emocionalmente es muy difícil pensar que van a estar separados de nosotros tanto tiempo, que otros se ocuparán de cuidarles, que nuestra ausencia pueda ser un obstáculo en su día a día. Es por todo ello que si finalmente tomamos la decisión nuestra labor será la de acompañarles y validar todos esos sentimientos que ellos también sentirán y reproducirán.

Deber ser conscientes de la nueva experiencia que van a vivir desde la tranquilidad y desde la confianza, pero también desde la realidad y la sinceridad. Deben saber que aunque estemos lejos físicamente, siempre seremos su faro al que volver. En este caso el lazo metafórico que nos une a nuestros hijos aumentará kilómetros pero el vínculo prevalecerá. Y en este sentido es importante no perder de vista precisamente lo que esto representa: si nuestros hijos se sienten seguros y apoyados querrán salir a descubrir el mundo, a experimentar lo que les ofrece todo lo que les rodea. Pero ellos necesitan saber también que les apoyamos, que estamos ahí para cuidarles, para alegrarnos con ellos en sus aventuras y descubrimientos y que pueden volver siempre que lo necesiten para protegerlos, consolarlos y entenderlos, regulando así su funcionamiento emocional.

Y si durante la estancia debemos estar emocionalmente presentes para apoyarles, el regreso a la normalidad supone también un reto que como padres debemos afrontar. La explosión de sentimientos de alegría y emoción por la vuelta se entremezclan con una sensación de tristeza y abandono. De nuevo nuestra labor es la de gestionar todas estas emociones, darles cabida en la familia, escuchándoles y comprendiéndoles. Deben adaptarse de nuevo y eso supone un nuevo proceso en el que se tienen que ver y sentir acompañados.